miércoles, 4 de noviembre de 2009

Día de muertos en México


El 2 de noviembre los panteones amanecen de una forma diferente. No son el lugar lúgubre y escalofriante de siempre, al que no quisiéramos entrar ni muertos.

A primera hora de este día, pareciera que los vivos invaden el sitio de descanso de los que se han ido, llevándoles el olor de su comida, el color de sus flores y la alegría de su música.


No se oye el llanto desconsolado de los deudos; en cambio, el ambiente se llena del canto festivo de quienes asisten para recordar a sus difuntos o del sonido rítmo de las guitarras de algún mariachi.

La tranquilidad habitual del camposanto se ve temporalmente interrumpida por el bullicio de las charlas sobre temas comunes, como noticias de actualidad o anécdotas personales.

El color gris de las lápidas y el negro del luto se ven opacados por la intensidad del verde, el rosa, el rojo, el violeta y el naranja de flores y adornos de papel.

Sobre las tumbas están colocados los que fueran los platillos favoritos de quien yace bajo tierra, como una ofrenda, una muestra de cariño y un detalle significativo que demuestra que sus características particulares no han quedado en el olvido.

Pero lo cierto es que el festejo del Día de Muertos en México es una tradición que poco a poco parece ir desapereciendo. Casi exclusivamente en las escuelas se pueden ver ya las calaveritas, sean de azúcar o en verso, las decoraciones de papel con diseños geométricos, el perro negro, etc... es decir, el altar en todo su esplendor popular.

Muchos acusan de esto a la celebración del Halloween americano, con sus disfraces a semejanza de personajes terroríficos, su divertido hábito de pedir dulces casa a casa, el “truco o trato” y demás cosas que provocan la atracción y la emoción de los niños con una precisión de estrategia mercadotécnica. Sin embargo, la realidad es que nada más es cuestión de la población mexicana continuar con sus costumbres propias o dejarlas desvanecerse lentamente.

El Día de Muertos es el momento propicio para recordar nuestra identidad como país y nuestra identidad como personas. Para valorar el tiempo y la vida en todos sus sentidos.

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