
El viernes 27 de marzo terminaron de acomodarse los últimos estantes y colocarse los libros. Había stands de universidades del interior del país, de reconocidos grupos editoriales y un escuadrón de gente lista para atender a los miles de visitantes que se tenían calculados. La Feria Internacional del Libro UABC había comenzado.
Estudiantes de ciencias de la comunicación portaron gafetes que fueron su pase a liberar 100 horas de servicio social y a participar en uno de los eventos de fomento a la cultura más importantes de la universidad. También hubo estudiantes de otras facultades que portan gafetes así, pero no los reconocí.
A las 9:00 am junto a la sala de conferencias escuché una conversación acerca de un antro, una cubeta de cervezas y una chica asombrada de la capacidad de sus amigas para beber Tecate light. Todos reían.
La sala de conferencias se encontraba vacía, con micrófonos y agua embotellada esperando que se hiciera uso de ellos, y al poco rato un escritor llegó desde una ciudad lejana para presentar su libro. Los estudiantes se fueron como quien huye del fuego y la presentadora debió salir a buscar gente que se interese por el evento.
El domingo hubo talleres para niños y lecturas de cuentos infantiles. Payasos, performance, globos y pasteles. Muchas familias acudieron a distraer a sus chamacos y la música fue muy pop. Los niños pintaron y escucharon las historias, aún son jóvenes y no conocen de cubetas de cerveza ni padecen de urticaria cuando se les invita a un evento que implique las palabras libro, expositor o conferencia.
Al día siguiente la unidad central se llenó de vida, los universitarios se asomaron curiosos a los stands, hojearon y preguntaron precios. Algunos compraron y otros se alejaron con la mirada indiferente, como si hubieran estado buscando algo más.
Para los que conocen de literatura hay libros que son hallazgos importantes o joyas preciosas, pero los elevados precios se vuelven una sombra siniestra.
El martes, el Dr. Hugo Méndez presentó un libro de investigación y se venden dos al final de la charla. Es una pena que el autor del libro no estuvo para oír las críticas, las preguntas y respuestas. Mientras, en la sala de proyección de documentales se abrió una ventana al México profundo, aquél que a veces ignoramos.
Nacho movía cables, acomodaba el cañón, prendía micrófonos. Jóvenes creadores y hombres de trayectoria en el video documental se encontraban en la misma sala.
Miércoles, ultimo día de la feria.
-¿Cuánto por el de Bataille?
-430 pesos
-gracias… (Dejó el libro y se fue)
Se vendieron muchos libros, pero la constante siempre es esa, los costos son elevadísimos para un estudiante promedio. Son un lujo que no todos podrán darse.
Los talleres de Nana Chela fueron un éxito, así como el taller de narrativa impartido por Mauricio Bares quien animó a sus 20 participantes a leer, a crear y releer. Se intercambiaron correos, se hicieron invitaciones a próximos encuentros de literatura, al final se tomaron una foto.
La revista Generación, que viene desde el DF, se exhibió en una esquina. Un chico de 15 años la compró y más tarde acudió al Aula Magna de Derecho para la presentación. “Vale la pena si un chavito vino a la conferencia. Ya con eso vale la pena estar aquí”, dijo el editor de la revista.
La feria terminó. Ha sido una ardua labor para sus organizadores, quienes contentos dieron las gracias. Una banda de punk tocó su canción más conocida, “No te dejes caer”.













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